Belchite


Ser arquitecto podría servir para que nada de esto vuelva a suceder. Es un deseo banal, lo sé, e ingenuo: no está en mis manos, ni en las de nadie, pero también está en las de todos. Mi profesión me permite sugerir, organizar. Fijar condiciones iniciales, o modificarlas de vez en cuando para que un lugar determinado, o una suma de ellos, sigan vivos.

Después de los bombardeos, el viejo pueblo de Belchite fue abandonado a su suerte. Algunas ruinas han sido consolidadas, consagradas a la memoria de una infamia suma de varias otras. Quizá no haya terminado todavía.
El pueblo nuevo fue edificado sobre los terrenos de regadío. Sobre la huerta que debería haber dado riqueza. Quizá sea la capital de comarca más desangelada que conozco.
Las ruinas se maclan con las viviendas habitadas, compartiendo una plaza. Silencio, tensión. En el Café Sevillano los hombres y las mujeres siguen sentándose separados.
(escrito en el Café de Levante, en Zaragoza, el 3 de agosto de 2009, a las pocas horas de haber visitado las ruinas de Belchite, trastornado todavía. Se podría decir mucho más, pero espero que las fotos sean suficientemente elocuentes.)









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