Ausencia de trazas

CM_1

El mito del Rey Arturo nace en los monasterios ingleses sobre el siglo XII. Inglaterra ha sido cristianizada en su forma actual por Agustín, primer Arzobispo de Canterbury, llegado a la isla el año 601 en tiempos del rey sajón Aethelbert. Han pasado seiscientos años de la gesta, y los monjes buscan enraizar la fe (ya consolidada) más allá de este hecho documentado hasta hundirla en lo que los habitantes de lo que más tarde se conocerá como Inglaterra consideren la noche de los tiempos. Estos habitantes están (en el siglo XII) agrupados en unos cuantos reinos de origen anglosajón que comparten territorio con dos reinos más ubicados al suroeste de la isla, Cornualles i Gales, de origen celta, poblados por britones(1). Y es en estas circunstancias que aparece un rey sin pasado ni futuro, vencedor de una serie de batallas de las que, bien mirado, se desconoce su objetivo (más allá de la eliminación del enemigo que se tiene al frente) para, después de un mutis glorioso, poder ser guardado de nuevo en el cajón de los recuerdos habiendo cumplido su misión de dotar de pasado cristiano a los actuales habitantes de la isla.

El mito se enriquecerá con toda una serie de simbología muy compleja hasta adquirir su configuración actual, envuelto por una serie de personajes accesorios de enorme importancia que envuelven, enmarcan y engruesan una serie de historias que han acabado por configurar una realidad paralela contextualizada (únicamente, y cada vez más) en el mundo artístico y literario por encima de cualquier viso de verosimilitud histórica.

Así, Arturo vivirá en un castillo, vestirá unos ropajes y lucirá una simbología más propia del siglo XII que de este pasado indeterminado (e incapaz de producir una tecnología adecuada para la existencia de este contexto). Parafernalia que, con el correr de los siglos y el poco interés por la historia, ha pasado a estar tan descontextualizada como la época a la que se refiere la historia. Su cristianismo no es ni el nuestro ni el propio del siglo XII(2), sino una mescolanza de fe y superstición mágica en la que lo celta cobra una importancia capital: la espada Excalibur, el Mago Merlín y la Mesa Redonda, entre otros rasgos.

La producción artística o paraartística asociada al mito será ingente: poemas (recordar la saga artúrica de JRR Tolkien), novelas, cuadros, obras de teatro y, finalmente, películas. Los géneros en que se manifestará serán múltiples, desde el romance épico hasta las comedias (como el musical teatral Camelot o la película Monty Python and the Holy Grail, de 1975) que, sin criticar el mito ni en el fondo ni en la forma, lo usan(3) como telón de fondo para una cierta crítica social, demostrando su vigencia.

El año 1981, John Boorman rodará Excalibur, una manifestación canónica del mito que lo adecua a la estética de la década que empieza apoyándose en la simbología existente sin tocar absolutamente nada de la misma: espadas, brujería, magos, caballeros épicos de armaduras refulgentes, princesas bellísimas, romanticismo, traiciones, batallas espectaculares, todo filmado por un director de oficio que gestiona un altísimo presupuesto usado con astucia para crear un lugar común del lugar común que marque a una generación entera de espectadores.

CM_4

CM_3
Fotogramas de Excalibur (John Boorman, 1981): la escenificación de un mito.

Uno de los factores más importantes para el establecimiento de este mito es la ausencia total de rastros físicos de la historia: ningún elemento (ni la capital de Arturo, Camelot, ni ningún rastro de una batalla documentada, ni ningún toponímico) sobrevive. Tan sólo una mirada atenta al contexto permite reconstruir la historia y reflexionar, posteriormente, sobre el significado de esta ausencia de evidencias construidas.

El contexto es la isla de Gran Bretaña, romanizada en el siglo I por el emperador Claudio, convertida en una de las provincias capitales del Imperio a partir del siglo III, dotada de gobiernos locales estables en una época en que las tensiones internas desestabilizan el resto de provincias continentales(4) y la propia Roma.

El territorio bajo dominio romano, que corresponde a lo que actualmente llamamos Inglaterra y Gales, está poblado por los britones, celtas precariamente romanizados que tienen como uno de sus rasgos identitarios la difusión oral de su cultura, ya que jamás habían conocido la escritura(5). Los britones serán fácilmente cristianizados(6). A principios del siglo V, cuando los romanos abandonan definitivamente la isla, los britones empiezan una regresión lenta y gradual a algún estadio que recuerde más o menos las condiciones de su religión antes de los cuatro siglos y medio de colonización, mientras resisten a la invasión de las tribus jutas(7), anglas y sajonas que sus dirigentes, aterrorizados ante la amenaza de las tribus pictas, que han cruzado el Muro de Trajano(8) poniendo en peligro la población local. Las tribus jutas, anglas y sajonas derrotarán a los pictos primero(9) y a los mismos britones después, evidenciando la voluntad de quedarse en la parte sur de la isla (a la que acabarán dando nombre). Los conocidos rápidamente como anglosajones(10), entonces paganos, batallarán contra los britones en una guerra de desgaste que culminará con su arrinconamiento contra la costa oeste de la isla y la división de su civilización en dos reinos sin comunicación entre ellos: los ya citados Cornualles y Gales.

Unos años antes, un jefe militar frena la expansión anglosajona por una generación mediante una serie de batallas desencadenantes de una larga(11) tregua. Su nombre es Arturo.

Para contextualizar este Arturo real(12) se ha de entender que la guerra entre anglosajones y britones enfrenta dos culturas analfabetas: los britones dejan de escribir cuando se marchan los romanos. Los sajones sólo empezarán a hacerlo después de su cristianización en el siglo VI. No hay registros fiables de esa confrontación, y, cuando empiezan a producirse, no serán en forma de crónica con voluntad de registro o documentación, sino con una voluntad moralizante que permite (que autoriza) a sus autores a mentir, a tergiversar los hechos en función del mensaje que hayan de dar. De modo que esa noche de los tiempos británica es una época sin registro documental.

El rey Arturo, como bretón que combate a los sajones(13), es cristiano. Un cristiano de base celta(14) que lucha contra un enemigo pagano(15). La paradoja es que los descendientes de este enemigo lo van a reivindicar como el ancestro que los legitima como cristianos(16). Su lucha, una lucha de resistencia, tiene algo de choque de civilizaciones que, momentáneamente, acabará con la victoria de unos invasores todavía percibidos como extranjeros.

Los únicos rastros fiables de esa época son las ciudades. Kent. Canterbury. Londres. Algunos caminos y rutas. Poca cosa más. Hay que entender al Rey Arturo no como un gobernante al uso, sino como un defensor que se pasó su vida en el campo de batalla: un superviviente al frente de un ejército reducido (se especula con que la población total de Inglaterra en este período post-Imperio no llega al millón de personas) que libra batallas decisivas donde, no obstante, intervienen pocos guerreros (ejércitos de entre doscientas y quinientas personas) en un territorio en decadencia. Su capital, o base, Camelot, no será, pues, el castillo representado en las leyendas, sino una construcción temporal de madera y adobe heredera del tipo que sus ancestros conocían mejor: el castrum romano. Camelot será, pues, una especie de campamento fortificado sin cimientos que podrá ser desmontado, o que el tiempo borrará en pocos años si es abandonado o quemado por el enemigo. Camelot es la capital de un país decadente, sin funcionarios ni burocracia que, tan sólo veinte o veinticinco años más tarde, dejará de existir como tal.

CM_5
Fotograma de The Eagle (Kevin Macdonald, 2011) donde, con gran rigor histórico, se reconstruye un castrum romano

Y es esta ausencia de rastros lo que ha construido el mito. No hay registros, ni evidencias construidas, ni tan sólo una localización geográfica concreta. Sólo la inferencia, el trabajo comparativo, las deducciones sobre un contexto amplio y la asunción de un porcentaje de incertidumbre alto conectan estos hechos con la historia.

La arquitectura (y la construcción), independientemente de cómo se conciban, dejan rastro. Y este rastro conforma historia con tanta autoridad como un tratado. Y, del mismo modo que él, es interpretable. Su ausencia (guerras, catástrofes naturales, construcciones o ciudades condenadas al ostracismo, falta de mantenimiento) confunde de tal modo que el logos puede revertir al mito descubriendo que esto que se llama civilización es un barniz más frágil de lo que parece: ha de ser mantenido constantemente y regado, o se destruirá.

(1) Llamo a los britones por este nombre, y no británicos, para distinguirlos del actual gentilicio que identifica a los habitantes de la isla, que tiene la misma raíz etimológica pero que no significa lo mismo.
(2) Lo que, bien pensado, tampoco es demasiado importante si tenemos en cuenta el desconocimiento generalizado de los modos cristianos del siglo XII.
(3) Mostrando un gran respeto, en el fondo.
(4) El Canal de la Mancha, sólo cruzable por un ejército numeroso movido por una enorme cantidad de embarcaciones, defenderá la isla de las invasiones europeas hasta la Segunda Guerra Mundial: la Batalla de Inglaterra será la primera de la historia en librarse exclusivamente en el aire.
(5) Cosa que motiva que el grueso de historiografía celta tenga una base romana, producida por historiadores que magnifican los aspectos más sórdidos de su religión como parte de una campaña de justificación de la invasión.
(6) Se especula con una reacción contra la religión oficial del Imperio.
(7) Provenientes todas ellas de lo que hoy en día se conoce como Dinamarca, emplazada en lo que todavía hoy en día se conoce como la Península de Jutlandia: atad cabos.
(8) El Muro de Trajano aísla la Britania del territorio ahora conocido como Escocia, jamás romanizado, habitado por una serie de tribus ni conocidas ni entendidas por los romanos, y tiene como objeto reducir el contingente de 40000 soldados necesarios para la vigilancia de esta frontera. La historia es todavía más complicada y más interesante. El lector queda invitado a reconstruirla.
(9) Sin entrar en su territorio repitiendo el error de los romanos.
(10) Debido a la debilidad de los reinos jutos.
(11) Para lo parámetros de la época.
(12) Plausible: es más, probable.
(13) El contexto no permite imaginar otro escenario.
(14) Culto que jamás llegó a ser considerado herético apartado por Roma en el siglo VII y extinguido en el siglo XI.
(15) Los anglosajones no se cristianizarán hasta finales del siglo VI o principios del VII.
(16) No dejes que la historia te arruine un magnífico relato.

Esta entrada fue publicada en crítica. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Ausencia de trazas

  1. Pingback: La privatización de la democracia -

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *