Apetencia por los colores venenosos

(Artículo publicado en Scalae el 5-03-2013)

Las historias de venganza son un género literario incómodo. El patrón de estas historias es siempre idéntico: un protagonista consigue redimir un agravio después de un viaje iniciático que lo va a cambiar para siempre. La venganza será premeditada, dura, incómoda por lo que tendrá de inclemente. A veces, de desproporcionada. Habrá víctimas colaterales. El final será tan retorcido y violento que llegará a negar la posibilidad de una catarsis.

En 1973 se estrena el segundo largometraje de Clint Eastwood, High Plains Drifter (Infierno de Cobardes en castellano), una durísima historia de venganza en que un pistolero sin identidad y sin pasado (podría ser, incluso, el mismo personaje que, doce años más tarde, protagonizará Pale Rider, quizá su primera obra maestra absoluta) acabará simultáneamente con un pueblo y con la banda de bandidos que lo acabará arrasando. Ojo con la versión española, que alteró seriamente el guión original convirtiendo al protagonista en el hermano del sheriff asesinado, lo que sólo era cierto en las primeras versiones del guión. Eastwood da la vuelta al género negando cualquier identidad, y, por tanto, cualquier motivo conocido, al protagonista, convertido así en un personaje ambiguo, sobrenatural, un remedo de ángel justiciero salido de las páginas más negras del Antiguo Testamento.

High Plains Drifter posee una estructura en espiral, donde la violencia física y moral se va incrementando hasta la orgía de sangre final. Para preparar esta escena, el protagonista ordenará a los habitantes del pueblo que lo pinten, casi como si cavasen su propia tumba, enteramente de rojo: fachadas, paredes, tejados, carpinterías. Todo rojo sangre. El decorado, un pueblo construido ex profeso para la película a orillas del lago Mono, en California (un lago salado natural cercano al lago Tahoe), quedará completamente trascendido, convertido en arquitectura con este solo gesto. La pintura roja lo uniformiza y lo convierte en un proyecto unitario, una obra que remedará experiencias más o menos contemporáneas (quizá, incluso, posteriores a esto) de los Five Architects, o que recordará obras de arquitectos como Jean Nouvel o Steven Holl. La calidad arquitectónica que esta capa de pintura da al pueblo es indiscutible.

Pero no hay que olvidar el por qué de esta intervención: la escenificación de una venganza. La conversión del pueblo en un escenario dantesco, alegoría explicitada, incluso, con un cartel que da la bienvenida al infierno.

Lo que trasciende ese conjunto de casas desorganizado hasta convertirlo en arquitectura es la voluntad de hacer daño. El rasgo, el modo de visualizarlo, es análogo al color que la naturaleza usa para advertir que el ser vivo que lo posee es venenoso.

Muchos edificios contemporáneos están decorados con esta paleta de colores: combinaciones violentas de amarillo brillante y negro, rojo, naranja con verde brillante. Colores malsanos usados como signo de peligro convertidos, reconfigurados como algo atractivo al ojo en una inversión de código digno de ser reflexionado. Lo que una película como esta pone manifiesto de un modo violento, usando el código de un modo análogo a como lo usa la naturaleza. Retorcer la semiótica usando los colores de advertencia como plumajes que atraen la atención de edificios, independientemente de su calidad, es todo un manifiesto sobre la antiurbanidad (en términos literales) de determinadas arquitecturas-reclamo.

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