Albert Colomer- David Acebes. Una casa en Gurb


Periódicamente apacecen, en las diversas publicaciones que constantemente nos infoxican con demasiado ruido intascendente, una serie de arquitectos jóvenes de mucho interés que, generalmente, debutan con obras privadas de escasa repercusión. Difícil navegar entre algunos de ellos, arquitectos con demasiados medios, hinchados como un souflée, de prestigio artificioso, vuelo gallináceo, muchos contactos y demasiadas facilidades puestas a las revistas para que los publiquen, y otros de carrera escondida, modesta no se sabe si por falta de medios o de pretensiones, que van dejando obras interesantes a las que es difícil acceder.
Vengo siguiendo la carrera de Albert Colomer des de hará unos diez años. Circunstancia: es hijo de Sant Bartomeu del Grau, pueblo donde parte de mi familia pasó décadas viviendo. Hará años, un Quaderns de la etapa Bercedo-Mestre publicó la casa de sus padres, ubicada en el Roc Llarg, una urbanización dos o tres kilómetros alejada del pueblo, que queda materialmente colgada del barranco del Grau, que domina la Plana de Vic. La casa me impactó, y fui a visitarla: es infotografiable. La parcela, enorme, queda tras una cerca de diseño muy atractivo. Mirando sobre ella, un huerto la ocupa casi toda. Al fondo de todo, un volumen muy sencillo, cubierto a dos aguads, que engloba el garaje, que queda a un lado de la casa. Materiales pobres: monocapa. Estructura metálica ocasionalmente vista, teja árabe, carpinterías de pino. Poca cosa más. El volumen bajocubieta, visto. Los espacios interiores, agradables. Esta casa me recuerda constantemente el comentario de Pla sobre los jardines y los huertos: el mejor jardín es un huerto buen cuidado (cosa que se da, igualmente, en la excepcional vivienda que Clotet-Paricio construyeron en Prats de Lluçanès, la capital del la comarca de Sant Bartomeu).
Albert Colomer es un arquitecto difícil de seguir. No le han publicado, que yo sepa, nada más. Se va presentando periódicamente a las bienales de la Cataluña Central, con nulo éxito, y me cuesta horrores enterarme de qué hace. Hasta ahora sé de la casa ya referida, de un espacio público en Manlleu, de un bloque de viviendas en Vic, del nuevo Ca l’U (proyecto que me hace especial ilusión. Cuando haya comido allí prometo sesión de fotos clandestina y artículo en este blog) y su propi casa, casi al lado de la de sus padres, en el Roc Llarg, otro proyecto excepcionalmente interesante. Puede que, también, un parque sobre un torrente, delante mismo del barrio de la Pellería en Vic. Voy a referirme a una casa en Gurb (presentada, como casi todo lo demás, a la bienal de las Comarcas Centrales, donde no consiguió absolutamente nada), obra muy interesante y representativa de su arquitectura.
Gurb es una pequeña conurbación que se come todo el terreno que envuelve Vic al norte. Linda con Sant Bartomeu, y contiene gran parte de la industria que alimenta la Plana de Vic, muy poca vivienda y demasiadas explotaciones ganaderas. Queda dominada, a norte, por el barranco del Grau, y tiene una luz muy especial, dada por estos horizontes limitados, que le dejan una forma de taza muy marcada, y por el color del terreno, una especie del barro blanquecino, estratificado, duro, que sólo admite vegetación salvaje, fácilmente maltratable.

La parcela donde se emplaza la casa tiene tres medianeras, una de ellas todavía sin edificar, y la calle que la sirve está al sur. La casa se adapta a base de un perímetro tortuoso que, simultáneamente, va calificando espacios interiores y exteriores, atándolos como si de una cremallera se tratase. Parece asentada en el lugar casi como si la hubiesen empotrado y removido para que se quedase fija. Cuando la miras, su aspecto es dinámico, sin puntos de anclaje definidos.

Mirando otras obras de Colomer (las pocas que conozco son muy recurrentes, como sucede en todos los buenos arquitectos), me doy cuenta que, siempre que puede, vacía el centro de sus edificios, donde dispone una escalera, normalmente diseñada con un cuidado extremo, casi manierista, que acompaña, a menudo, una entrada de luz cenital. Esta casa no es una excepción. La planta inferior es mucho más grande que la superior, que se edifica pegada al límite norte de la parcela, dejando una buena parte de la misma como terraza exterior.

La casa es muda respecto de la calle. Hay sólo unas pocas ventanas, y, si miras a través, se adivinan unas vistas cruzadas trabajadas con mucho cariño. Se accede a través de un minúsculo patio de acceso, tras el cual está la puerta. Una plantación de cañas americanas dobla casi todas las pareces, contribuyendo más a privatizar el edificio.

Volumétricamente hay una característica curiosa: su rotundidad, su contundencia, muy alejada aparentemente de todas las sutilidades hasta ahora explicadas. Fácil: en realdad, la terraza superior, más que como tal, funciona como una habitación al aire libre, delimitada inteligentemente por las chimeneas de la casa, dispuestas en los extremos, casi como los minaretes de una mezquita, subidas hasta más arriba de la cota de coronación. Se agrupan en batería de modo que acaban configurando unos potentísimos muros planos que anclan el volumen al suelo.


Cuando esto no puede hacerse, sencillamente, Colomer alzará una pared exenta.

El resultado final es el de una volumetría compleja, una casa que parece casi demasiado grande para la parcela donde está. Mirándola por segunda vez, uno se da cuenta que esto no es así: los movimientos sutiles de las paredes califican interiores y exteriores simultáneamente. Las paredes suben caprichosamente, casi arbitrariamente, para conformar un aspecto exterior que no tiene nada que ver con el volumen interior construido.
Toda la casa queda revocada en color negro. Colomer usa la construcción húmeda: estructura de hormigón cerramientos de ladrillo, pintura. No parece tanto una maqueta trabajada como un edificio que ha superado el método constructivo, llevándoselo al huerto en aras de una calificación espacial donde todo lo que existe vale: los pilares que quedan vistos en el interior, los muros exentos y no portantes al exterior, el revoco negro, su textura, la estructura que va dejando voladizos, los revestimientos, la luz. La sensación es global, como si se hubiesen mezclado en una cubeta los diversos componentes hasta amalgamarlos, formando algo diferente a los productos iniciales.

Colomer es un arquitecto sobrio, capaz, de talento. Eficaz, con oficio. Reivindicable, mucho más de lo que las casi nulas publicaciones sobre él hacen pensar. A medida que pueda recoger su obra se irá publicando aquí. Y espero, por el bien de todos, que siga construyendo con esta intensidad, con esta energía que da estos resultados finales tan maduros, alejados de una arquitectura irreflexiva, chillona, efectista. Con esta reconcentración que hace que te tengas que mirar tres veces todo lo que hace, y con esta exigencia para el observador. Por muchos años.

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