Aftermath, el refugi o los límites de la arquitectura

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La penúltima semana de exhibición de Aftermath, l’arquitectura més enllà dels arquitectes, se ha destinado a la exhibición de una instalación realizada por Alba Sotorra y Renata Daoud sobre la vida que se ha creado en el barrio Exarchia de Atenas, un barrio autogestionado, anarquista, que ha acogido entre cinco y seis mil refugiados sirios y los ha incorporado al tejido social y organizativo del barrio.

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Las autoras de este proyecto habían visitado previamente nuestra instalación, que encontraron adecuada ara transmitir su mensaje, por lo que nos pidieron “ocuparla” un tiempo. La idea es explicar la historia de este barrio del mismo modo no narrativo(1).

Lo que se muestra es impactante por lo que tiene de canto a lo mejor y a lo peor de la condición humana: imágenes de la vida cuotidiana de estas personas(2) trabajando, cuidando a sus chiquillos, hablando al sol. Imágenes de frontera. Imágenes de lo que han conseguido y de los problemas que han de afrontar diariamente. Y un principio y un final impactantes: una manifestación, una confrontación abierta con explosiones, incendios y fuego de artillería antidisturbios nos recibe. Unas imágenes del mar, de los refugiados navegando, de las olas, una transmisión directa de este medio hostil que se ha de atravesar a menudo, demasiado a menudo, diariamente, de hecho, muriendo en el intento, para llegar a otro medio hostil donde se te cambia el nombre y se te llama refugiado, nos despiden. Estos refugiados han dejado tras de sí (y también se muestra en la instalación) un país devastado, una tierra yerma donde se está estableciendo un régimen que desde nuestras convicciones democráticas y desde nuestra formación nos parece un horror. Una teocracia sin libertades, machista, inculta, corrupta, ideológicamente estéril, que no dudará a sacrificar el progreso, el bienestar y las posibilidades de desarrollo en favor de unos ideales literalmente inhumanos. A los que nosotros, con todas nuestras contradicciones, nos oponemos a menudo son saber que esta actitud de oposición se ha de cuidar, mimar y activar mediante el ejercicio responsable de estas libertades.

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… y no puedo, ni quiero, evitar pensar que el acto de pedirnos una exposición de arquitectura para transmitir este mensaje está relacionado con lo que nosotros hemos expuesto previamente(3). Alba Sotorra y Renata Daoud, de hecho, nos han confrontado con los límites de la arquitectura. Es más: nos han regalado una reflexión necesaria sobre estos límites. Reflexión rica, compleja, matizada, con muchos puntos de canto al optimismo. Reflexión que es un gran grito de alerta.

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Recuerdo asistir este julio a una conferencia de Rem Koolhaas, uno de los dos o tres arquitectos más influyentes del mundo a mi entender, donde el arquitecto manifestaba haberse encontrado con los límites de su profesión o de su arte. La arquitectura, aun teniendo un gran poder de transformación social, no es omnipotente ni tiene tanta capacidad de emanación o educación como nos gustaría pensar.

Para Koolhaas el límite de la arquitectura es la política. O la acción política responsable, ejercida con todas las contradicciones, matices y alianzas contra natura con elementos a menudo indeseables que comporta. La política no es brillante, ni colorista, ni optimista. Es gris, y en los casos en que está bien ejercida, eficaz. Un político es por definición un cínico sin ideales, alguien sin capacidad de crear ni disfrutar. Un político es un vampiro por definición: siempre a la sombra, viviendo, moviéndose, actuando a través de intermediarios a los que controla y, eventualmente, destruye. Un político es alguien que propondrá, dispondrá, controlará siempre desde fuera, marginado por una sociedad que lo desprecia y lo teme. A menudo, demasiado a menudo, con razón. Koolhaas ha sido, pues, muy generoso entrando en este terreno donde sus capacidades creativas no podrán ser ejercidas.

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Pero Alba Sotorra y Renata Daoud han ido incluso más allá de todo esto. Sumada a la exposición de los límites de la arquitectura su instalación muestra también los límites de la política. Límites que han encontrado, de nuevo, de-prisa-demasiado-de-prisa. Y es que la situación es urgente. Directamente urgente. Estos refugiados viven precariamente. Indignamente, privados de sus servicios básicos. De derechos. De comprensión social. Estos refugiados mueren cada día. Mueren en el mar. Mueren por falta de cuidados. Mueren reventados a hostias mientras gran parte de la sociedad ha escogido mirar a otro lado o cosificarlos, convertirlos en unos seres tan abstractos que no importa nada si viven o mueren o sufren.

Nuestro sistema económico, la rueda donde estamos inmersos, está basado en la sobreabundancia. En el derroche. Sí, podemos escoger si engordar o no, podemos escoger nuestro grado de complicidad. Pero resulta que muchas veces no engordamos porque hacemos ejercicio (más gasto), y resulta que si nos ponemos demasiado responsables consumimos menos y la rueda se para, y deja de girar y salimos de ella. Resulta que si la rueda no gira el sistema colapsa y mira tu que no seamos nosotros los que acabemos convertidos en refugiados.

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… y resulta que hay cosas de este sistema que nos encantan.
Resulta que cualquier alternativa a esto es sistemáticamente ignorada, ridiculizada o boicoteada.

Y suerte, porque podemos expresarnos y decir lo que nos parece. Resulta que podemos, incluso, hacerlo mediante exposiciones y manifestaciones artísticas.
Suerte, porque el arte es lo que sobra.

Resulta oportuno recordar a Lear: Hasta el más insignificante de los mendigos tiene algo que le sobra(4).

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Es decir: siempre puede sobrar algo. Siempre, en cualquier circunstancia y condición económica, es pertinente expresarse, decir las verdades. Hablar, ejercer, recordar.

La instalación de Alba Sotorra y Renata Daoud ha prescindido de las multipantallas adicionales. Un proyector, una imagen. Las imágenes presentan una enorme capacidad de relación entre ellas y crean una poética de belleza singular, potente, de imágenes tan contrastadas como el mensaje que quieren transmitir, que nos habla de lo mejor, de lo peor y de lo más desesperado y frágil de la condición humana.

Y esta constatación final de que nosotros somos unos privilegiados que no podemos hacer otra cosa que ejercer este privilegio con responsabilidad.

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Todas las fotos: Jaume Prat

(1) O, si se quiere (más interesante todavía) de un modo narrativo no lineal que pone el visitante en una actitud activa al tener que escoger qué y cómo mira y que, finalmente, lo involucra más en lo que se muestra. O esta es la teoría, vaya.
(2) Todo el mundo los llama refugiados, y lo peor de este término es que condena a la persona nombrada a un estado de transitoriedad perpetua: un refugiado no es de aquí ni de allí. Un refugiado no habita. Se asienta. No está. Coloniza. Un refugiado es alguien destinado a moverse siempre. A no tener vínculos ni arraigo.
(3) De hecho esta semana volvemos, y es la última. Corred si os interesa.
(4) William Shakespeare. Resulta especialmente impactante escuchar la frase de lavios de Tatsuya Nakadai interpretando al Señor Hidetora Ichimonji en Ran, la película de Akira Kurosawa que tan bien entendió esta tragedia.

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