Burn me, i’m a cigarrette


Robert Fripp siempre ha arrastrado esta fama de músico serio , sea por su imagen personal, por algunas excentricidades casi contrarias a la de muchos compañeros de profesión , como conciertos a las cuatro de la tarde, por el hecho de tocar sentado, de no cantar, de ser profesor y llegar a formar grupos con sus alumnos, o hasta por el aura de gravedad, casi de solemnidad, con la que ha ido revistiendo algunas etapas de su música.
A finales de 1978 Fripp se plantea su primer disco en solitario : Exposure. En lugar de usarlo como un vehículo de lucimiento personal con tal de alejarse de la estela de su grupo, llenando el álbum con canciones cocinadas a fuego lento a su sombra, diciendo cosas que no ha podido expresar antes por la lógica de un esquema fijo con el cual tocarlo todo, el músico radicalizará todavía más su manera de trabajar basada en la composición coral, en la cual todos los que intervienen en la canción se convierten en parte activa, como si la interpretación fuese una vía de acceso a la composición. Casi ninguna canción será solo obra suya. Muchas de ellas (como la que titula el disco) son de otros músicos , principalmente de los “suyos” dos Peters, Gabriel y Hammill: versiones alternativas a les finalmente grabadas , con tal de explorar matices , diferentes maneras de hacer. ¿Qué pasa si a una canción basada en un solo de bajo se le silencia el bajo? Si quitamos la orquesta de un tema que siempre había sonada con banda ? Fripp parecerá regresar a la versión de la maqueta , y de ello nacerá la fuerza del disco : temas atávicos, frescos, que parezcan tocados por primera vez, y unas transiciones entre ellos de elaboración máxima, basadas en obstinados, que atan toda esta mezcla heterogénea.
Los créditos del disco son fundamentales, porque no se tratará solo de una lista de músicas más o menos célebres cediéndole voces, instrumentos, entusiasmo. Sencillamente, si un solo nombre hubiese cambiado todo el disco sería totalmente diferente.
Empieza con el músico pidiendo permiso: ha estado haciendo cosas que cree que pueden ser comerciales y nos las quiere dejar escuchar. Va dilatando su inicio durante un largo minuto en el cual suena una canción que parece una prueba de sonido. Voces calentándose, escaleras, silencios. Cuenta hasta cuatro, una llamada de teléfono. Más silencio. Extemporaneamente arranca una distorsionadísima guitarra que abre un energético rock n’roll: Burn me, I’m, a cigarrette, más en la línea de Daryl Hall que en la suya propia. >
La manera en que los diversos cantantes interpretan sorprende por su intensidad : Hall y Hammill cantan chillando , y , a Exposure, Terre Roche (que venía del folk) se deja literalmente las cuerdas vocales en cada toma , cantando sobre un micro malo pasado por una especie de amplificador cutre de guitarra mal ecualizado. Es como si los sentimientos no se quisiesen matizar. Se busca una contraposición entre el control y la razón,y el resultado final será como visitar un zoológico de fieras enjauladas recientemente : nos habla sobretodo de la pericia del domador que las ha conseguido capturar vivas, y nunca nos quitaremos de encima un cierta sensación de miedo viéndolas. Fripp conseguirá, así, construir una obra en solitario pura a través de un catálogo de colaboradores y amigos que parece que estén haciendo casi lo que les da la gana.
El disco funciona como un barco : compartimentos estancos que se pueden llegar a inundar sin que ello afecte (demasiado) la globalidad, excepto si se llega a una masa crítica, que siempre remeten a un todo superior que los engloba, que los ata , que les da sentido.
Otra muestra (casi la más conseguida de esta forma de trabajar) es la bellísima interpretación que Peter Gabriel hace de su Here Comes the Flood. La canción fue imaginada como una apoteosis bíblica en que una fuerza liberaba los cerebros humanos de las barreras que impiden sentir los pensamientos ajenos. Utopía honesta, muy ingenua, que le sirve para formar un canción que pendula entre una grandilocuencia desesperad y un intimismo frágil, tímido. La versión aparecida en el primer disco en solitario de Gabriel necesita de un poderoso trío de guitarras que incluye el mismo Fripp con Steve Hunter y Dick Wagner, los sospechosos habituales de Bob Ezrin, dos guitarristas que parecen tocar permanentemente enfadados, base del sonido del primer Alice Cooper, que terminaron firmando una de las mejores páginas de de la historia del rock tocando la suicida introducción a Sweet Jane que aparece en el Rock n’Roll Animal de Lou Reed, más una banda de rock completa más la London Symphonic Orchestra al completo. A todo ello se contrapone una versión casi de canta-autor : la voz pura, un piano precariamente tocado por el mismo Gabriel, nada más. Fripp hace gala de una generosidad que ha hecho grandes todas sus intervenciones. Siempre ha demostrado una capacidad de adaptación tan camaleónica que, incluso tocando con guitarristas peores técnicamente, nunca se ha sabido donde comenzaba la interpretación de uno y donde la del otro. Por momentos llega a desaparecer.
Exposure me ha recordado siempre una frase de Borges: “en un libro no debería haber nunca más de un 20% de novedad ”. Fripp, a través de este 20%, crea una obra original que, además , acaba transformando las sensibilidades de sus compañeros de viaje.

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